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Full text of "Saturno : juguete cómico en un acto y en prosa"

9 9*6 4 



ADMINISTRACIÓN 

LIRICO-DRAMATICA 



SATURNO 



JUGUETE CÓMICO EN UN ACTO Y EN PROSA 



ORIGINAL DE 



DOMINGO GUERRA Y MOTA 



MADRID 

CEDACEROS 4, SEGUNDO 
1895 



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SATURNO 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/saturnojuguetecm25110guer 



ADMINISTRACIÓN 

LI^IOO-DRAMATICA 





JUGUETE CÓMICO EN UN ACTO Y EN PROSA 



ORIGINAL DE 



DOMINGO GUERRA Y MOTA 



Estrenado con buen éxito en el TEATRO CERVANTES de Sevilla la noche 
del 23 de Marzo de 1803 



SEVILLA 

Lmp. de Francisco de P. Díaz, Gavidia ó 

' 1893 



Personajes 


REPARTO 

i Actores 


MARÍA . . 
ROSARIO . 
BLASA . . 
ROQUE . . 
NICOLÁS. . 
EL ALCALDE 
CARLOS . . 
PERICO . . 
COLAS . . 
NIÑO (de 12 kU 


: años 


Sra. D. a Amalia Sandoval. 
Srta. D. a Milagros Pierrat. 
Sra. D. a Micaela Calle. 
Sr. D. Carlos Barrilaro. 

„ „ Waldo Fernández. 

„ „ Carlos Tojedo. 

„ „ Luis L. Echaide. 

„ „ Mariano U trilla. 

„ „ Enrique Nieva. 
) „ „ Sandoval. 


Ép 


oca actual 


Las indicaciones están tomadas del lado del espectador. 


Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, ein su 
permiso, reimprimirla ni representarla eu España y sus pose- 
siones de Ultramar, ni en los países con los cuales haya cele- 
brados ó se celebren en adelante tratados internacionales de 
propiedad literaria. 

El Autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados de la Administración Lírico-Dramática 
de DON EDUARDO HIDALGO son los encargados exclusiva- 
mente de conceder ó negar el permiso de representación y áel 
cobro délos derechos de propiedad. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



Á MI BUEN AMIGO 

DON CARLOS TCJEDO 

Chorno recuezcto í>or ia admtiavie t'nüt&tetación 
xue nt'z,o c¿e su ñañelefe (Stuxziae en esta ooii'fa. 
G)u aémo. 



668594 



ACTO ÚNICO 



Casa de un pueblo de Andalucía. Tapia al foro con puerta en el centro. A la izquier- 
da fachada de la casa con puerta de entrada y en segundo término otra puerta. 
A la derecha pabellón con puerta y sobre él una pequeña azotea á la cual se sube 
por una escalera que estará colocada frente al espectador. En la azotea habrá los 
objetos que S9 marcan en el diálogo y estarán colocados de modo que se vean, 
sobre todo el anteojo que estará apoyado sobre tres varillas á la altura de un 
hombre y sobre las que podrá girar en todas direcciones, En el centro de la es- 
cena algunos árboles y asientos. Es de día. 



ESCENA PRIMERA 
MARÍA, ROQUE y COLAS 

Eoque sentado leyendo un diario. María y Colas en segundo término junto á la se- 
gunda puerta. Colas con un plato. 

María. Ya lo oyes, Colas. Que no vayan á ser tus cosas. 
Echa bien en los comederos de la pajarera el huevo y 
pan rayado para las crias, y que no te lo comas, ¡zo- 
penco! porque vengo observando que desapaiece muy 
pronto. 

Colas. Seña María, mire usted que son los ratones los que 
se lo comen. 

María. Anda, anda y b&z lo que te digo. 



— 8 



"«> 



COLAS. Bueno, (váse segunda izquierda.) 

Roque. Me dá lástima, inuger, de ver como tratas á ese mu- 
chacho. 

María. Porque es muy bruto. 

Roque. ¿Y qué quieres? ¿Que lo mande á su casa y se muera 
de hambre el pobrecillo? 

María. No, eso no. Pero tiene una que hacerlo todo. 

Roque. Aunque él fuera de otro modo serías tu lo mismo. Tu 
no puedes estar parada. 

María. Tienes razón. En cuanto estoy quieta un momento se 
me duermen las manos y los pies y me entran unas 
hormiguillas que... ¿Pero que estás leyendo? 

Roque. Nada, muger. Estaba preocupado y para ver si me 
distraía, cogí este diario. 

María. ¿Qué te sucede? 

Roque. Pensaba en Nicolás. 

María. ¡Pobrecillo! ¿No se ha levantado todavía? 

Roque. Ya he sentido ruido en su habitación, pero todavía no 
ha salido. Hoy hace un año que el pobre perdió la ca- 
beza con esa maldita astronomía. 

María. Es verdad. Desde entonces no ha dicho una palabra 
formal, ni contesta acorde á lo que se le pregunta. 

Roque. Esa idea fija en su cabeza le ha hecho perder el juicio, 
Ese observatorio, (señala á la azotea) como él lo llama, 
me causa espanto, y hay momentos en que de buena 
gana rompería todos esos bártulos que le han puesto 
en ese estado. 

María. No, Roque, no hagas eso; se irritaría más. No hay que 
contradecirle en nada. Ya sabes lo que dijo el médi- 
co, que en paz descanse, hay que seguirle la corriente. 

Roque. Si, el bueno de D. Diego era un bendito, pero úo sa- 
bía una palotada de medicina, sino hubiera curado á 
mi Nicolás. Hoy tengo una esperanza con el nuevo 
médico que llegó anoche. Me lo presentó el alcalde. 
Hoy tomará posesión y vendrá por aquí. Es un mu- 
chacho muy listo al parecer. Dios quiera iluminarlo. 

María. Dios lo haga. Sabes que al decirle anoche á Rosarito 
su apellido, dijo que lo había oído nombrar mucho 



_ y — 

cuando ella estuvo educándose en el colegio de la ca- 
pital y que era una gran cosa; que era, ¿cómo dijo, oó-, 
mo dijo?, una cosa así albaííista ó ebanista. 
Mujer, ¿que estás diciendo? Eso es un disparate. 
Yo no sé esas cosas, pero que era un médico que cu- 
raba á los locos. Mira, ella te dirá como se llama eso. 
Voy ahora á ver lo que está haciendo Blasa, porque 
no me fío de esa muchacha, (váse íl» izquierda.) 
Y yo voy á llegarme á la huerta á ver lo que hace la 
gente. 

ESCENA II 
ROQUE y PERICO 

(por el foro.) Buenos días, señor D. Roque. 
Adiós muchacho. 
¿Se ha levantado ya Nicolás? 
No ¿qué querías? 

Que me encargó anoche que le trajera hoy por la ma- 
ñana una vara muy larga con un trapo negro en la 
punta y aquí se la traigo, porque si no se la traigo me 
dá luego un puntapié. 
¿Y para qué quiere eso? 

Eso le dije yo y me contestó lo que le voy á decir yo 
á usted; ¡zopenco, para espantar los pájaros! y si no 
echo á correr me larga el regalito consabido. 
¿Pero donde va á ponerlo? 

Toma, toma, en donde tiene el ültscopio largo. Ahí 
arriba en el bienteveo. 

Bueno, pues llámalo y dáselo. (s e vapor el foro.) 
Vaya usted con Dios. 



ESCENA III 
PERICO y NICOLÁS 
(Se va á acercar á la puerta del pabellón y se relira aparentando 

miedo.) ¡Pues no me da miedo de acercarme! ¿Estará 



... lo — 
Contento? ¿Pero y si no lo está y...? Vamos allá. 

(Llamando á la puerta.) ¡Nicolás! ¡Nicolás! (Riendo.) ¡Je, je! 
¡Que bruto soy! ¡Pues no le estoy llamando por su 
nombre! Asi no me contesta, (volviendo á llamar.) ¡Satur- 
no! ¡Saturno! 

Nicolás. (Dentro y con mucha entonación.) ¿Quien anda ahí? 

Perico. (Retirándose asustado.) Nadie, nadie. ¡Pues no me he asus- 
tado...! ¡Animo, Perico! (Acercándose.) Soy yo. 

Nicolás, (lo mismo.) ¿Y quien eres tu, insensato? 

Perico. ¿In qué? No me ha conocido, no me ha conocido. 
(Acercándose.) Soy Perico, digo no, no, soy Meteoro. 

Nicolás (Más cariñoso.) Hola, Meteoro, allá voy. 

Perico. (Retirándose.) ¡Ay, ya viene, ya viene! ¡Ya está aquí! 

NICOLÁS, (saliendo por la puerta del pabellón. Vestirá traje negro.) -Buenos 

días, Meteoro. 
Perico. Muy buenos. (¡Pues si está muy cariñoso!) 
Nicolás. ¿Qué me traes? 

Perico. La bandera que me encargaste anoche. 
Nicolás. ¡Ah, ya! Dámela. 
Perico. (Alargándole el palo.) Vaya. 
Nicolás, (cogiéndola.) ¿Traes la cuerda? 
Perico. Si, aquí está. ( La saca del bolsillo.) 
Nicolás, (con entonación cómica.) Pues sigue mi ruta y ayúdame á 

colocarla en el observatorio. Vamos, (sube por la escalera 

ala azotea.) • 

Perico. (Y que no hay más remedio que obedecerlo.) 

Nicolás, (con imperio.) ¿No subes, Meteoro? 

Perico. (subiendo y resbalándose.) Sí, sí, allá voy, Saturno, allá 

voy. (sube. Entre Nicolás y Perico amarran el palo á la baranda de 
la azotea.) 



Blasa. 



ESCENA IV 

DICHOS: ROSARIO y BLASA. 

(saliendo de la i.» izquierda.) Venga usted acá, señorita, 
que aquí estamos solas. 



_- li — 

Rosario. ¿Pero que es lo que quieres? sepamos 

Blasa. Que anoche cuando yo estaba en la puerta del corral 
pasó un señorito forastero y me dio una carta para 
usted, pero como yo tengo esta cabeza que Dios me ha 
dado se me olvidó dársela á usted anoche. Vaya la 
carta. (s e la dá.) 

Rosario. Venga. (Debe ser de Carlos.) (Mirando el sobre.) (Sí, sí, 
es su letra.) 

Blasa. Señorita, yo me voy para que no me eche de menos su 

madre. (\ T áse l.« izquierda.) 



ESCENA V 



NICOLÁS, PERICO, ROSARIO y á poco CARLOS. 



Rosario. (Leyendo.) "Querida Rosario. Acabo de llegar al pue- 
blo. El alcalde me ha presentado á tu padre y he que- 
dado coa él en ir mañana á tu casa para ver á tu herma- 
no. Discreción. Tuyo Carlos." ¡.Como me quiere y cuan- 
to Je quiero, (viendo á Carlos aparecer en la puerta del foro.) 
¡Pero que veo! Sí, es el, ¡Carlos! 

Carlos. (Entrando.) ¡Rosario de mi alma! Cuanto me alegro de 
verte. ¿Estás sola? 

Rosario. Sí. 

Carlos. He" cumplido mi palabra como ves, y ya me tienes de 
médico en el pueblo. Sólo por estar á tu lado he soli- 
citado esta titular que apenas me dará para comer. 

Rosario- Pero de este modo nos veremos todos los días. 

Nicolás, (con entonación.) ¿Quién es e3e nuev» cometa que veo 
cerca de la luna? 

Rosario, (a Carlos.) ¡Mi hermano, vete! 

Carlos. ¿El loco? 

Rosario. Sí. 

Carlos. Luego vendré. ¡Adiós, vida mía! 

Nicolás. Meteoro, baja y sepáralos no ocurra algún choque. 
Anda. 

PERICO. (Bajando la escalera.) Voy, voy. (se vá Carlos por el íoro.) 



12 - 



ESCENA VI 

ROSARIO, NICOLÁS y PERICO 
Nicolás en la azotea hace algunas demostraciones de demencia. 

Rosario. Hola, Perico. 

Perico. Buenos días, Rosarito. ¿Quién era ese caballero? 

Rosario. El nuevo médico que me preguntaba por mi padre, 
y como no está en casa ha quedado en volver después. 
¿Estabas con Nicolás? 

Perico. Si, me hizo subir, y á pesar de que le tengo cogido 
iniedo, por los golpes que me dá de cuando en cuan- 
do, no puedo dejar de venir á verlo todos los días. El 
pobre era mi mejor amigo cuando tenía su cabeza sa- 
na. Me quería como á un hermano y en las riñas con 
los muchachos del pueblo, siempre tenía el brazo pre- 
parado para defenderme, y ahora, ahora lo tiene para 
pegarme. Estas son las cosas de este mundo... Cuan- 
do me dijeron que se había vuelto loco, no lo quise 
creer; pero cuando oí que á mi madre, la llamaba 
Libra pesando diez arrobas, y á mi Meteoro cuando no 
meto ni siquiera diez céntimos en mi casa, tuve que 
convencerme de que era verdad lo que decíau. 

Rosario, (con pena.) Y una gran verdad desgraciadamente. 

Perico. Pero no hay que apurarse, que si el médico-anterior 
no pudo curarlo, el que ha llegado anoche tal vez lo 
consiga, porque he oído decir que es un gran médico, 
que ha curado á muchos locos. Conque, hasta des- 
pués, Posarito, que me voy para mi casa porque lue- 
go dice mi madre que soy un zángano que no hago 
más que pasearme, (se vapor el foro.) 

Rosario. Adiós, Perico. 



ESCENA VII 

ROSARIO y NICOLÁS 

Nicolás, (Bajando la escalera ) Voy á acostarme. La luna ilumina 
el firmamento y es hora de dormir, (a Rosario.) ¡Adiós, 



— 18 — 

pálido reflejo del sol! 
Rosario. (Llamándolo,) ¡Nicolás! 

NICOLÁS, (con estrañeza y entonación.) ¿Eh? 
Rosario. Saturno, espérate un ratito aquí conmigo. 
NICOLÁS. No puedo, (se vá por el pabeUón cerrándola puerta.) 

Rosario, (marchándose por la i.» izquierda.,) ¡Pobre hermano! 



ESCENA VIII 
ROQUE y EL ALCALDE 

Alcalde. (Entrando por el foro.) Nada, señor D. Roque, que han 
de llamar la atención las fiestas este año en el pue- 
blo y usted como el mayor contribuyente contribuirá 
más que ninguno para la mayor brillantez de los fes- 
tejos que empiezan pasado mañana. 

Roque. Yo no estoy para fiestas, señor alcalde. 

Alcalde. Vaya, vaya, déjese usted de niñerías. Usted dará co- 
mo todos los años, aunque yo había pensado que este 
año fuese más porque hay más gastos. Tengo prepa- 
rada una cosa que se la voy á decir á usted. En el via- 
je que hice á la capital para las fiestas del Corpus 
Santo, vi una cosa que me llamó la atención y dije 
para mis adentros, pues yo no he de ser menos. El 
alcalde había colocado un gran arco de follaje en la 
plaza por donde pasaba la procesión y las autorida- 
des, y dije: pues yo pondré otro en la plaza del pue- 
blo que deje tamañito á e3e y así vá á suceder. Cada 
alcalde pone el arco según su cabeza y la mía es más 
grande que la de ninguno y lo voy á probar á todos. 
Voy á colocar en la plaza de la Villa el arco iris. 

Roque. (con exraáeza.) ¿El arco iris? Pero señor alcalde, ¿se ha 
vuelto usted loco también? 

Alcalde. Nada de eso. El arco iris, así como suena, es decir, 
no sonará. 

Roque. Como usted no se explique... 

Alcalde. A eso vov. Óigame usted. Entre los fuegos artificia- 



— 14 — 

les que mandé fabricar al polvorista de la Capital, le 
dije que me hiciera un arco muy grande con luces de 
todos los colores, ¿está usted?, y este arco se quemará 
á lo último después de todos los truenos y bombas ex- 
plosivas, como señal de paz y tranquilidad; por eso lo 
Hamo yo el arco iris. 

Roque. Ya. 

Alcalde. Como usted ve, esto no se le había ocurrido á ningu- 
na cabeza de autoridad más que á la mía, que es muy 
grande aunque sea inmodestia. 

Roque. No, señor alcalde, ya sé yo que tiene usted mucho 
talento. 

Alcalde. Vaya si lo tengo. Y si no que lo diga mi mujer, que 
también vale mucho. Ella es la que me saca de todos 
los apuros qu9 me ocasiona el cargo. Aquí en confian- 
za, la idea del arco iris es suya, por más que si á ella 
no se le hubiera ocurrido se me ocurre á mi, de segu- 
ro. Ella me dijo: si el alcalde de la capital ha puesto 
un arco grande, tu vas á poner otro mayor y más alto 
para que puedas pasar por debajo con toda la holgu- 
ra y magestad que corresponde á tu cargo. Tu vas á 
poner el arco iris y el arco iris se pondrá mañana en 
la plaza del Ayuntamiento, Dios mediante. Mientras 
tanto, como llegaron esta mañana todos los fuegos 
artificiales los he metido en los almacenes del pósito, 
menos el arco, que, como no cabía, lo he colocado 
provisionalmente en el corral de mi casa apoyando 
los extremos en las tapias. Luego lo verá usted y ve- 
rá que cosa tan hermosa. 

Roque- Bueno. 



ESCENA IX 

DICHOS y PERICO 

Perico. (Entrando por el foro.) ¡Señor alcalde, señor alcalde! á us- 
ted vengo buscando. 



— lo ~~ 

Alcalde. ¿Pues qué ocurre, muchacho? 

Perico. Nada, que traigo del veterinario un encargo para 
usted. 

Alcalde. Desembúchalo. 

Perico. Como usted sabe, el herrador veterinario del pueblo 
inmediato ha puesto tienda en esta Villa y muchos de 
los marchantes que tenía el otro se han ido á casa de 
éste y el otro quiere que para que no se vayan con 
éste, que usted le dé permiso para poner en la muestra 
que él solo es el herrador y veterinario oficial de la 
Villa. 

Alcalde. Eso es pedir un privilegio para hacerle daño al otro 
¿te enteras? y yo no quiero privilegias. Que cada uno 
viva como pueda. 

Perico. Pero señor alcalde, usted debe favorecer al que sea 
hijo de este pueblo. 

Roque. Tiene razón Perico. 

Alcalde. ¿Tiene razón? Bueno, pues mira, dile que está conce- 
dido. 

Perico. Voy corriendo. 

Alcalde. Pero espera, que yo no me fío de ese que es muy bruto 
y puede poner una barbaridad. Dile, entiéndeme bien, 
que ponga en la muestra nada más que este letrero: 
(marcando las frases) "Veterinario y herrador del señor 
Alcalde y Ayuntamiento de esta Villa." Ni más ni 
menos. 

Perico. Bueno, (corre por el foro). 

Alcalde. Hay que estar en todo, señor don Roque, no fuera ese 
zopenco á poner un disparate. 



ESCENA X 

DICHOS y CARLOS 

Carlos. (p or el foro)- Muy buenos días. 

Alcalde, (á Roque)- (El médico, señor don Roque). Pase usted 
adelante. 



16 



Carlos. 
Roque. 

Carlos. 



Alcalde, 



Roque. 



Carlos. 
Roque. 



Tal vez sea demasiado temprano para venir. 

Nada de eso. Usted viene á sn casa á la hora que se 

le antoje. 

Muchas gracias. Mi amor á*la medicina y curación de 

los enfermos hace que me anticipe siempre un poco 

en las horas de las visitas; pero no puedo remediarlo, 

yo soy así. 

Y así debían de ser todos los médicos. Debían llegar 

siempre una hora antes de la que señalase el reloj y 

se evitarían muchas enfermedades. 

Pero siéntese usted. (Llamando en la 1.a izquierda)- ¡María! 

¡Rosario! Vengan ustedes que está aqui el señor 

medico. (Carlos abre la puerta del pabellón, se asoma y yuelve á 

cerrar) • 

Pues sí señor, vengo á ver á su hijo de- usted. 

Ya, ya verá usted. ¡Es una desgracia! 



ESCENA XI 



DICHOS: MARÍA y ROSARIO 



María. (p or i a i.» izquierda)- Buenos días. 

Roque. (presentando á Carlos). El señor médico. Mí mujer y mi 
hija. 

Carlos. Servidor de ustedes. 

María. Siéntese usted. 

Carlos, (sentándose). Gracias. (Todos se sientan). Pues bien, puesto 
que estamos en familia, es decir, los de casa, porque 
el señor alcalde 

Alcalde. El señor alcalde es como si fuera de la familia. Un 
buen alcalde siempre es pariente de todos sus vecinos 
y para él no debe haber secretos. Hable usted con to- 
da confianza. 

Carlos. Bien, pues yo deseó que ustedes me hagan una rela- 
ción de los antecedentes del enfermo y causas que 
ustedes crean que hayan podido motivar la perturba- 
ción mental que padece. 



— 17 — 

Alcalde. Bueno. 

Carlos. Por que de este modo podré hacer con más facilidad 
las observaciones oportunas para su curación. 

María. Habla tu, Roque. 

Alcalde Eso, hable usted señor don Roque. 

Roque. Pues mire usted, don.... 

Carlos. Carlos, servidor de usted. 

Roque. Pues mire usted, don Carlos; Nicolás, que así se lla- 
ma el chico, estaba estudiando en la capital y al venir 
el verano pasado por las vacaciones se trajo un libro 
que siempre estaba leyendo. 

Carlos. ¿Qué libro era ese? 

Roque. Un libro que se llamaba "Historia del cielo, por File- 
món ó Flemón." 

Carlos. Planmarión, ya lo conozco. 

Alcalde, (á María.) (Lo que sabe este homb»e y no es alcalde to- 
davía.) 

Roque. Cuando terminaron las vacaciones, le dije una noche 
que al día siguiente tenía que marcharse para seguir 
los estudios y me contestó resueltamente que no estu- 
diaba más. Yo le amenacé y hasta llegué á pegarle, y 
cuando se despertó por la mañana empezó á dispara- 
tar y á no contestar acorde á lo que se le preguntaba. 



ESCENA XII. 

DICHOS y NICOLÁS. 

(Nicolás sale por la puerta del pabellón cubierta la cabeza con un gorro y envuelto 
en un?- manta, da precipitadamente una vuelta al rededor de los demás y sube á 

la azotea.) 

Alcalde, (á Carlos ai ver á Nicolás.) Ahí lo tiene usted. 

Nicolás. (Dando la vuelta.) ¡No interrumpáis la marcha de Sa- 
turno! ¡Apartaos! 

Roque. (á Carlos.) ¿Quiere usted que lo llame? 

Carlos No señor, ya habrá lugar. Siga usted hablando. ¿Y 
qué locuras hace? ¿qué extravagancias? 

3 



_ 18 - 

Roque. Diré á usted. No contesta por su nombre, sino por 
Saturno. A su madre la llama Tierra y á su hermana 
Luna. 

Carlos. Nombres astronómicos. 

Alcalde. Y á mí, señor módico, me llama Tauro, y la verdad és 
que no me hace ni pizca de gracia este nombre. 

Carlos. ¿Porqué, señor alcalde? Tauro es un signo del zodia- 
co y viene bien y de acuerdo con su mouomanía as- 
tronómica. 

Alcalde. ¿Un signo del sobaco? Pues mire usted, yo creí que 
era un signo de otra cosa. Menos mal. 

Carlos. ¿Y tiene momentos de furia ó siempre está pacífico? 

Roque. Según y conforme. Por lo general está tranquilo. 
Siempre en su cuarto ó en su observatorio mirando 
al cielo, pero hay ocasiones en que se enfurece, y.... 

Carlos. ¿No respeta ni obedece á nadie? 

Roque. Al único que respeta es al señor alcalde, que le obe- 
dece en todo lo que le manda. 

Carlos. Vamos, enmedio de su monomanía conserva y respe- 
ta el principio de autoridad. 

Alcalde. Sí señor, me sigue como un borrego en cuanto le 
llamo. 

Roque. Así es que cuando está en uno de esos momentos, le 
decimos que lo llama el alcalde y lo mandamos á su 
casa y á las pocas horas vuelve hecho. una malva. 

Alcalde. Por que cuando yo no estoy en casa respeta y obede- 
ce á la alcaldesa como ámí mismo. 

Carlos. ¿De modo que usted y su mujer son los únicos que 
tienen fuerza moral sobre él? 

Alcalde. Los únicos, señor médico. 

Carlos. Me alegro, porque así tendré dos personas que me 
ayudarán en su curación. 

Alcalde. Con el alma y la vida, porque lo queremos mucho. 

Rosario. ¿Y tiene usted muchas esperanzas de curarlo? 

Carlos. Señorita, yo haré todo lo humanamente posible. 

María. Dios se lo pague á usted. 

Alcalde. Y ahora, con el permiso de ustedes, me voy porque 
vamos á constituirnos en cabildo en el ayuntamiento 



— 10 — 

para seguir acordando los festejos. (Nicolás ai oir esto fija 
su atención de una manera muy marcada en lo que dice el Alcalde.) 
Don Roque, usted se viene conmigo y el señor médico, 
si quiere, se puede quedar con estas señoras para ob- 
servar al enfermo. 

Rosario. Sí, quédese usted, que nos consuela su presencia. 

Carlos. Señorita.... 

NICOLÁS. (Desde la azotea con énfasis y fuerte.) Oidme todos. El sol S6 
enfría. Numerosas manchas se presentan en su super- 
ficie. Vá perdiendo calor. ¡Qué frío siento! Las zonas 
glaciales de nuestro globo ya veo que se estienden. 
Marchémonos todos al ecuador que es el último refu- 
gio de la vida. Allí acabará la humanidad y la tierra 
seca y estéril no será ya más que un inmenso cemen- 
terio. Lo mismo le sucederá á todos los planetas. El 
sol se volverá rojo y luego negro y el sistema plane- 
tario no será más que un juego de bolas negras gi- 
rando en torno de otra bola negra, (ai oir estas voces Bia- 
sa y Colas salen por la puerta de la casa y se sientan en los peldaños 
de la escalera para escuchar á Nicolás. ) 

Alcalde. Pero qué de bolas está ensartando. 

Carlos. No, señor alcalde, tiene razón en lo que dice. Esa es 
una teoría muy admisible del fin del mundo. 

Alcalde. ¿Pero se ha contagiado usted también? 

Carlos. Crea usted lo que le digo. 

Alcalde* ¿De modo que usted cree que se va á enfriar el sol? 

Carlos. Yo no lo afirmo, pero puede suceder. 

Alcalde. ¿Y cuánto tiempo tardará en apagarse? 

Carlos. Millones y millones de años. 

Alcalde. Pues mire usted, ya puede irse enfriando cuando 
quiera. 

Nicolás. Pero antes de que ocurra esto, para evitaros una 
muerte horrible, yo os mataré á todos y me mataré 
después. ¡Morid. (Baja precipitadamente la escalera en ademán 
amenazador. Blasa corre asustada y se vá por la 1. a puerta de la ca- 
sa. Colas corre y se marcha por el foro. Todos los demás se ponen 
de pié sobresaltados y el alcalde se adelanta con miedo hacia Nicolás.) 

Alcalde, (con voz entrecortada.) ¡Saturno, Saturno! Hijo mío, que 



— 20 - 

soy el alcalde. Obedéceme, cálmate. 

NICOLÁS, (inclinándose con respeto.) i^eñor! -» 

Roque. Señor alcalde, conviene que se lo lleve usted á su 
casa. 

Alcalde. Bueno. Venga usted y de paso que vamos para -el 
ayuntamiento lo dejaremos con la alcaldesa. Sigue- 
nos, Saturno. Hasta luego. 

Carlos. Vayan ustedes con Dios. 

(se van por el foro el Alcalde, Roque y Nicolás.) 



ESCENA XIII 



MARÍA, ROSARIO y CARLOS 



María. 
Carlos. 

María. 

Carlos. 

Rosario. 

Carlos. 



María. 

Rosario. 

Carlos. 



María. 

Carlos. 
Rosario. 



Ya ve usted. 

Es particular. Obedece ciegamente las órdenes del 
alcalde como sugestionado. 
Siempre, señor médico. 
Eso es un buen síntoma. 
¿De modo que usted cree que se curará? 
Yo creo que con el tiempo y sometido á cierto régi- 
men, conseguiremos algo, por más que en esta clase 
de enfermedades no se puede asegurar nada. Tam- 
bién puede ocurrir que cuando menos se piense vuel- 
va á la razón. Una impresión fuerte que reciba, bien 
de alegría, dolor ó miedo, puede poner fin á la per- 
turbación que padece. 
Dios quiera que suceda así. 
¡Pobre Nicolás! 

Ahora, si ustedes me lo permiten, yo desearía inspec- 
cionar su habitación y el observatorio para poder des- 
pués, en vista de lo que allí note, determinar el plan 
curativo á que lo hemos de someter. 
Si señor, lo que usted quiera. Nosotras nos marcha- 
mos y puede usted con toda libertad, registrarlo todo. 
Bien, señora. 
(á Carlos.) (Que Dios te ilumine.) 



— 21 — 
Carlos, (á Rosario.) (Adiós, vida mía!) 

(María y Rosario se van por la 1. a puerta.) 



ESCENA XIV 

CARLOS Y COLAS 

En estas enajenaciones mentales se ven cosas tan 
raras.... (meditando.) Solo obedece y respeta al alcalde 
y su mujer. Veremos la habitación. (Entra en el pabellón.) 
(Por el íoro con un saco de lona, que forma un bulto, dirigiéndose á 
la 2.» puerta.) No, pues lo que es ahora no me riñe más 
la seña María. Lo que es ahora no se llevan más los 
ratones la comida de los pájaros. (Entra.) 
(Saliendo del pabellón con un retrato en la mano.) Un retrato de 
mujer. ¡Y que hermosa es! Tiene debajo escrito "Pla- 
neta Venus." Verdaderamente es una Venus. El lo- 
co entiende de gustos. ( Meditando.) Estaba metido el 
retrato en el libro de Elaumarión y en el capítulo que 
trata de los planetas. ¡Cosa más rara! (Meditando. Colas 
sale por la 2. a puerta y se vá por la 1. a , sin el saco.) v a y a usted 
á tomarle atadero á las extravagancias de un loco. 

ESCENA XV 



CARLOS y PERICO 

(por el foro corriendo.) ¡Seña María, seña María! 
¿Que deseaba usted? 
¿Y la familia? 
Está dentro de la casa. 
Usted es si no me equivoco el... 
El médico, si señor. 

Me alegro encontrarle á usted, porque he visto que 
Nicolás iba con el alcalde, que lo ha dejado en su ca- 
sa, y me figuré enseguida que había tenido un ataque 



— 22 ~- 

de furia y venía para ver lo que había pasado. 

Carlos. Pues nada. Tuvo el momento de furor, pero estaba 
aquí el alcalde y se calmó inmediatamente. ¿Es usted 
amigo de Nicolás y lo ve con frecuencia? 

Perico. Si señor, muy amigo, lo quiero mucho y lo veo todos 
los días. 

Carlos. Bien. Usted me ayudará para curarlo. Por el pronto 
hágame usted el favor de subir conmigo que voy á 
examinar el observatorio (sube.) 

Perico. (subiendo.) Verá usted que de cosas tiene ahí. 

Carlos. Una manta. • 

Perico. Porque muchas veces le da frío. 

Carlos. Un globo terráqueo. 

Perico. Nó, señor médico, nó, eso es el mundo. 

Carlos. ¡Ya! Un espejo. 

Perico. Para meterle el sol en los ojos al que mira para aquí 
de día. 

Carlos. Una calavera en una caja. 

Perico. ¡No la toque usted por Dios! 

Carlos. ¿Porque, hombre? 

Perico. Porque esa es la cabeza de un vecino de la luna y to- 
do el que la toca rebuzna enseguida. 

Carlos. Y que bien conservada está y que limpia. 

Perico. ¡Toma, ya lo creo, como que yo la enjabono todos los 
días! 

Carlos. ¿Sí? Tiene usted razón. Ya veo que no debo tocarla. 
Un anteojo. 

Perico. No señor. Eso es un tilincopio para mirar al cielo. Pe- 
ro no se ve nada con el, porque yo he mirado muchas 
veces y nada, solo una vez que miré al sol por poco 
me quedo ciego. 

Carlos. Esto es un anteojo de larga vista. (Mirando por él.) ¡Y 
qué bueno es! Tiene una gran potencia, (lo dirije á varios 
lados del foro.) ¡Qué cerca pone los objetos! ¿Pero qué 
veo? 

Perico. ¿Qué le pasa á usted? 

CARLOS. (Mirando con atención.) ¡Si, 6S él, no hay duda! (Retirán- 
• dose.) Mire usted por aquí sin mover el anteojo, (perico 



*- 23 — 

mira.) ¿Qué ve usted? 
Las casas del pueblo. 

¿No ve usted un corral donde hay un arco grande de 
madera? 

Si señor. Ese es el corral del señor alcalde y ese arco 
es de fuego para los festejos. 
Mire usted hacia abajo. ¿Y ahora que ve usted? 
Ahora veo (alzando la voz sorprendido) ¡á Nicolás, si á Ni- 
colás que está abrazando á la alcaldesa! ¡Anda, anda, 
y como la aprieta! ¡La va á ahogar! 
¿Esta usted seguro de que es la mujer del alcalde? 
Si señor, digo, si la conoceré yo. 
(Enseñándole el retrato.) ¿Conoce usted este retrato? 
Vaya, ya lo creo. El retrato de la alcaldesa. El plane- 
ta Venus como la llama Nicolás. 
¡Silencio! No diga usted á nadie una palabra de lo 
que ha visto. Voy á curar á Nicolás. (Baja la escalera.) 
Bueno, descuide usted. 

(Ah, pillo. ¡Nos está engañando á todos! ¡Su locuraes 
fingida! ¡Ese es el respeto que tiene á la autoridad!) 
¡Señor médico, señor médico! 
¿Que? 

Que sigue abrazándola. 

¿Si, eh? Que siga, que siga. Ya acabará. (¿Habrá tu- 
nante mayor?) 

(Mirando por el anteojo.) ¿Pero qué hace aquel muchacho 
que se encarama á la tapia del corral? Le prende fue- 
go al arco ¡Jesús! y que pronto arde. Nicolás y la al- 
caldesa echan á correr. ¡Qué luces tan .bonitas! Señor 
médico, suba usted, suba usted y verá el arco iris ar- 
diendo. 

No, si ya me figuro como es. 

¡Que cosa tan preciosa! ¡Como corre la gente para 
verlo! Nicolás sale de la casa á escape y viene hacia 
acá muy asustado. 

¿Dice usted que viene Nicolás corriendo? 
Si señor. 
Pues márchese usted que no conviene que vea aquí 



__ 24 — 

á nadis más que á mi y de este modo se curará más 
pronto, (perico baja.) Sobre todo, no diga usted lo que 
ha visto. 
Perico. Bueno, bueno. Me voy á ver el arco, (se va por el foro.) 



ESCENA XVI 
CARLOS y ROSARIO 

Rosario. (poriai.* izquierda. ¡Carlos! 
Carlos. ¿Que quieres, Rosario? 

Rosario. ¿Has visto algo que pueda servir para curar á Nico- 
lás? 

Carlos. He visto mucho más de lo que yo pensaba. 

Rosario. ¿Si? ¡qué alegría! ¿De modo que hay esperanza? 

Carlos. De que muy pronto vuelva á la razón. Tal vez antes 
de lo que tu imagines. Hoy mismo quizás. 

Rosario. ¿Que estás diciendo? 

Carlos. Lo que oyes. Déjame que necesito estar solo. 

Rosario. Adiós. Mira que me voy muy impaciente. (s e va por la 1. a 
puerta.) 



ESCENA XVII 



CARLOS y NICOLÁS 



CARLOS. (Asomándose por el foro.) Ahí viene. Me ocultaré aquí. (En- 
tra en la 2. a puerta.) 

XNlCOLAS. (Entrando por el foro jadeante y agitado volviendo la cara como si lo 
siguieran y se sienta.) ¡No me ha visto nadie! El mucha- 
cho tal vez... Pero no, tampoco, tampoco; cuando aso- 
mó la cabeza por la tapia ya me había yo... (Tranquili- 
zándose,) ¡Buen susto he llevado! 

GARLOS. (Sale por la2. a puerta y colocándose sigilosamente detrás de Nicolás 
le da un golpecito con la mano en el hombro.) ¡Es USted un pi- 
llo! 



— :2o 



NICOLÁS- (Levantándose sobresaltado.) ¡Eh! ¿Quien anda ahí? (indig- 
nado*! ver á Carlos.) ¡Caballero! 

Carlos, (con tranquilidad.) ¡ Eo dicho, es usted un pillo! 

NICOLÁS. (Reponiéndose y fingiendo la demencia.) ¡ Yo SOy Satlimol ¡Mí- 
rame el anillo! 

CARLOS. (con ironía.) ¿Conque eres Saturno, ell? Bueno, (conla en- 
tonación de Nicolás.) Pues Saturno, sube conmigo al ob- 
servatorio que te voy á enseñar un nuevo cometa que 
be descubierto. 

Nicolás. (¿Qué dice este bombre?) (con entonación.) ¡Subamos! 

(Suben los dos.) 

Carlos. Mira por el telescopio bacía el frente. 

Nicolás. (Mirando.) No veo nada. 

Carlos, (con entonación y gravedad.) Sí, mira un corral donde to- 
davía se ven las luces de un arco de fuegos artifi- 
ciales. 

iSlCOLAS. (Retirándose sobresaltado y con temor.) ¿Ehr 

Carlos. Pues bien, en ese sitio bace poco ba ocurrido un te- 
rrible cboque de dos planetas.^ Saturno y Venus se 
abrazaban estrechamente. 

Nicolás, (con humildad y suplicante,) ¡Caballero por Dios, no me 
descubra usted! 

Carlos. ¡Ab, farsante! ¿Ha estaio usted engañando á su fa- 
milia con su fingida locura? 

Nicolás. Perdóneme usted, ya estoy arrepentido y me enmen- 
daré. 

Carlos. En ese caso, y si el arrepentimiento es verdad, no te- 
ma usted nada. Pasará usted por que lo be curado, 
por que sino otro se encargará ele bacerlo. 

Nicolás. Lo que usted quiera. 

Carlos. Bien. Entre usted abora en su habitación de donde 
no 3aldrá basta que se le llame, (sajan ios dos.) 

Nicolás. (Entrando en el pabellón.) ¡Por Dios, no vaya usted á 
descubrirme! 

Carlos. Esté usted tranquilo. 



- 26 



ESCENA XVIII 

CARLOS y ROQUE 

Roque. (presuroso por el foro.) ¿Ha venido mi hijo? 

Carlos. Sí señor. Ahí está en su habitación. 

Roque. Pero, ¿se ha quemado? 

Carlos. No le ha pasado nada, tranquilícese usted. 

Roque. Yo quiero verlo. 

Carlos. No puede ser. Está muy agitado por la impresión del 

fuego y no conviene que se le hable ahora. 
Roque. ¿Se pondrá peor? 
Carlos. O inejor, quién sabe. Tal vez el susto que ha. llevado 

sirva de mucho para su curación. 



ESCENA XIX 



DICHOS y EL ALCALDE 



Alcalde. (p or el foro precipitadamente.) Señor don Roque, ¿le ha su- 
cedido algo á Nicolás? 

Roque. No señor. ¿Y á la alcaldesa? 

Alcalde. Tampoco. Buen susto he pasado, por que me dijeron 
que el hijo del veterinario, que es el que ha pegado 
fuego al arco, iba gritando por la calle: ¡fuego! ¡fue- 
go! ¡que se abrasan el loco y la alcaldesa! y llegué á 
mi casa creyendo encontrar á mi mujer achicharrada, 
pero gracias á Dios está sana y salva. No tiene más 
que el susto como todos. 

Roque. ¿De modo que ha sido el hijo del veterinario? 

Alcalde. Sí señor, ese es el delincuente. Así me paga el ha- 
berle concedido á su padre, el ser mi proveedor y del 
"Ayuntamiento; pero no se escapará sin su merecido. 
Ya he dado orden á Perico para que le prenda y lo 
traiga á mi presencia. 



27 



• ESCENA XX 

DICHOS: PERICO y EL XIX O por el foro, MARÍA y ROSARIO por 

la i." puerta 

Perico. Aquí lo tiene usted, señor alcalde. 
María. ¿Qué pasa? 

ROSARIO. ¿Qué sucede? (carlos figura hablar con las dos.) 

Alcalde. Que se acerque el reo. Vamos á ver ¿Tu has prendi- 
do fuego al arco que estaba en el corral de mi casa? 

Niño. Yo no señor. 

Alcalde. No mientas porque te han visto muchos vecinos, y 
vas á escapar peor. Di la verdad. 

Niño. Sí señor. 

Alcalde. Y tu ibas gritando por la calle ¡que se abrasan el 
loco y la alcaldesa! ¿No es verdad? 

Niño. Sí señor. 

Alcalde. ¿De modo que tu le pegaste fuego para que se abra- 
saran? 

Niño. No señor, si antes que yo encendiera el arco ya se es- 

taban abrazando los dos. 

Alcalde. ¿Qué dices? 

Carlos. Claro, ya se estaban quemando porque otro niño le 
había prendido fuego por el otro extremo. 

Alcalde. ¿Pero hay otro niño incendiario? 

Carlos. Vaya si lo hay. 

Alcalde. A ver, que lo busquen inmediatamente, que lo que es 
como no tenga alas no se me escapará. 

Carlos. ¡Vaya si las tiene! No se canse usted, señor alcalde, 
ese otro voló. 

Alcalde. Bueno, pues este pagará su culpa y la del otro. 

Carlos. Este niño no es culpable. 

ALCALDE, (con estrañeza.) ¿No? 

Carlos. No señor. El culpable soy yo que le dije que si en- 
cendía el arco se ganaba un duro, y en efecto se lo ha 

ganauO. iomalO. (Dando un duro al niño y mirándolo con íi- 



— 28 — 

jeza. ) ¿No es verdad que yo te lo mandé? 
JNlNO. (Mirando un Instante á Carlos con estrañeza y comprendiendo la mi 

rada de éste.) ¡Sí señor, fí señor! 
Carlos. Pues vete y gástalo en lo que quieras. 
NlÑO. (corriendo por el foro, muy contento.) ¡Viva el señorito! 



ESCENA XXI 

» 

DICHOS menos EL NIÑO 

Alcalde. Pero diga usted, señor médico, ¿por qué mandó us- 
ted quemar el arco? 

Carlos. Paes es bien sencillo. Sabía que estaba allí Nicolás 
y quise que experimentara una emoción fuerte para 
ver si conseguía aliviarlo. 

Alcalde. ¡Yá! 

María. ¿Y ha conseguido usted algo? 

Carlos. Creo que sí, señora. Nicolás está curado. 

Alcalde. ¿Qué dice usted? 

Roque. ¿Es verdad? 

Rosario. ¡Gracias, Dios mío! 

María. ¿Pero es cierto? 

Carlos. Es verdad. Pueden ustedes llamarlo. 

ROQUE. (Llamando á la puerta del pabellón) ¡Nicolás! ¡Nicolás! 



ESCENA XXII 



DICHOS y NICOLÁS 



Nicolás, (saliendo.) ¿Que quiere usted, padre? 

ROQUE (con alegría.) ¡Abrázame, hijo mío! (Nicolás lo abraza rigu 

rando hablar con María y Rosario.) 

Alcalde. ¡Era verdad! ¡Yo estoy asombrado! Este médico es 
un portento. Señor don Carlos, desde hoy se le asig- 
nan á usted mil pesetas más de sueldo, que á las emi- 
nencias me gusta á mi pagarlas y como veo que des- 



pues de mi cabeza la más grande es la de usted, us- 
ted me sustituirá en la alcaldía cuando yo esté en- 
fermo. % 

Carlos. Gracias, señor alcalde. 

Roque. Don Carlos, pida usted lo que quiera que se lo daré 
con el alma y la vida. 

Carlos. No quiero nada y quiero mucho. 

Roque. Diga usted sin miedo. 

Alcalde, Eso, sin vergüenza. 

Carlos. Quiero casarme con Rosario. 

ROQUE. (con extrañeza.) ¿Qué dice? 

ilos.ARio. Si, padre, somos novios desde hace mucho tiempo. 

Roque. Pues casarse, hijos míos. 

Alcalde- (con tristeza.) ¡Qaé lástima de arco! ¡Haberse quemado 
de día! 

Carlos. Pero señor alcalde, ¿cuando ha visto usted el arco 
iris poi la noche? 

P.oque No se apure uated. Puesto que ha servido para cu- 
rar á Nicolás mande usted hacer otro que yo lo pago. 

Alcalde. Bueno. 



ESCENA ULTIMA 



TODOS 



-bLASA. (saliendo precipitadamente con un gato cogido por el cuello y coló 

candóse enmedio de todos.) ¡Seña María, seña María! 

Mari 1 .. ¿Qué es eso? 

Blas a. ¿Quién ha metido este gato en la pajarera? 

María. ¿Un gato? 

Roque- Ese ha sido el bruto de Colas. 

Blas A. Se ha cocido unos cuantos cauarios y ha matado los 
demás. 

MÁfilA. (Llamando). ¡Colas, Colas! 

Colas. (p or la i.» puerta.) ¿Qué manda usted, seña María? 

Marta. ¿Tú has metido este gato donde están los pájaros? 

Colas. Si señora. 



— oO — 

Maeia. (Furiosa.) Pedazo ele animal, ¿y por qué has hecho eso? 
Colas. Torna, para espantar á los ratones que se llevaban la 

comida de los canarios. 
Roque. (Dándole un empujón.) ¡Quítate de enmedio, borrico! 
Cáelos. (á Nicolás.) (Ese si que no se cura.) 
Alcalde, (ai público.) 



El autor del juguete 
representado, 
pide que le perdonen 
si no ha gustado. 



TELÓN, 




NOTA. — Gracias á todos los artistas que estrenaron este juguete 
por ia excelente interpretación que hicieron desús res- 
pectivos papeles. 

G. y M. 



DEL MISMO AUTOR 



LOS GEMELOS, juguete cómico en un acto y en prosa. 

Á SOLAS CON TODO EL MUNDO, monólogo cómico 
en prosa. 

LOS MONIGOTES, juguete cómico en un acto y en pro- 
sa (2. a edición.) 

LOS CARCAMALES, juguete cómico en un acto y en prosa. 

PARA LAS ÁNIMAS, comedia en un acto y en prosa. 



PUNTOS DE VENTA 



MADRID 



Librería de los Sres. Viuda é Hijos de Cuesta, calle de 
Carretas; de D. Fernando Fe, Carrera de San Jerónimo; de 
D. M. Murillo, calle de Alcalá; de Córdoba y Compañía, y de 
Rosado, Puerta del Sol; de Simón y Osler, calle de las Infan- 
tas, y de D. S. Calleja, calle de la Paz. 



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tamente á esta Administración acompañando su importe en 
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